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Ernesto Burgos y los castilletes de la Montaña Central

Domingo, 7 de Junio de 2015 Ernesto Burgos y los castilletes de la Montaña Central

Si hace unas semanas para conmemorar el Día de Les Lletres Asturianes os traíamos a este espacio los “Apuntes para una teoría del pozu” de Xandru Fernández, texto integrado en "Castilletes de pozos mineros de la Montaña Central Asturiana", de José Luis Soto, a través de esta misma publicación, os acercamos hoy de nuevo a la cuenca minera, de la mano de Ernesto Burgos, encargado del preámbulo.

Castilletes de pozos mineros de la Montaña Central Asturiana fue publicado en el año 2009 por Ediciones Trabe. Escrito por José Luis Soto, turonés,  el libro se compone de excelentes fotografías realizadas por el propio autor, acompañadas de unas breves reseñas sobre la historia y características del castillete. Además, se pueden encontrar textos de diversos escritores asturianos como complemento literario de las fotografías. Así, ya hace unas semanas, y para conmemorar Día de Les Lletres Asturianos, os traíamos a este espacio los “Apuntes para una teoría del pozu” de Xandru Fernández. 

Cuenta este libro, con un preámbulo escrito por el historiador, columnista y también mierense, Ernesto Burgos (Mieres, 1957). Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo (1979), obtiene en el año 2006 el Diploma de Estudios Avanzados en Arqueología Histórica ("La romanización en las cuencas mineras del sur de Asturias"). Es también profesor de Educación Secundaria y ha trabajado en los institutos "Juan de Herrera" (Valladolid), "Sánchez Lastra" (Mieres), "Camino de La Miranda" (Palencia), "Valle de Aller" (Moreda) y desde 2006 en el IES "Mata Jove" de Gijón.

Ernesto Burgos. Fotografía tomada de La Nueva España donde colabora habitualmente.

Es coautor de los libros de texto "Entre amigos" (Conocimiento del Medio) para Asturias y Cantabria (2002); coordinador de la revista de Ciencias Sociales "Cuadernos de Mieres" (2001-2002); experto en la cultura y la historia de las cuencas mineras asturianas. Ha impartido varios cursos sobre el patrimonio arqueológico de Aller, Lena y Mieres y defendido ponencias sobre su temática en jornadas y congresos.

Desde los años 70 escribe desinteresadamente artículos para numerosas publicaciones, álbumes y periódicos locales (Esquisa, Mieres 30 días, La Voz de Ujo, Camín de Mieres, Mieres, El Carbón, Por tierras del Caudal, Aula de Paz…).

Como colaborador del diario asturiano La Nueva España,  ha firmado las series: "El patrimonio de Las Cuencas" (1998-2000); "100 años de historias y andanzas" (2000-2002) y "Los personajes de nuestra historia" (2003-2004). Desde febrero de 2005 mantiene ininterrumpidamente la página semanal "Historias heterodoxas" comenzando en 2012 su colaboración con www.elvalledeturon.net. 

Biógrafo de los revolucionarios mierenses Manuel Grossi Mier («Cartas de Grossi». 2009) y Jesús Ibáñez («Y el verbo se hizo furia». Semana Negra 2010), también ha prologado a varios autores asturianos, como es el caso del libro de José Luis Soto.

Pozo San Vicente en Figaredo. Fotografía de José Luis Soto, autor de Castilletes de pozos mineros de la Montaña Central Asturiana. 

Dice su prólogo: 

A lo largo de la historia los hombres hemos ido dejando paisaje huellas que ahora nos recuerdan otras formas de vida, muchas veces ya desaparecidas y que sin embargo sobreviven a su propia función recordando a las gentes que las construyeron. Así, los faros abandonados son, involuntariamente, el mejor monumento a aquellos que un día se quedaron para siempre en la mar, o los molinos de viento, con sus aspas muertas, evidencian un esfuerzo de siglos para aliviar el hambre con el producto de las tierras resecas del interior.

En nuestros valles también tenemos enormes chimeneas marcando el punto exacto donde alguna vez existieron industrias que dieron vida y sustento a las familias trabajadoras; pero si hay una estructura que nos identifique y nos recuerde lo que somos –y sobre todo lo que fuimos – es sin duda el castillete minero, señal de una época concreta, apenas siglo y medio, tan breve para la historia que seguramente dentro de otro siglo y medio se recordará sólo como una anécdota. Y cuando lleguen esos días, ellos, los restos materiales que nos van a sobrevivir, serán las únicas pruebas de que este mundo existió realmente.

Hubo un tiempo en que aquí todo era orbayu, silencio y verde; entonces las montañas estaban salpicadas de pequeñas aldeas y quintanas con hórreos, varas de hierba, muertes y cuadras, mientras en el llano las casas, los lagares, los puentes y las iglesias eran más grandes y algunas plazas abiertas servían para albergar los mercados y las ferias. En esa época, que duró siglos, todas las mañanas eran iguales y las estaciones del año se repetían con el ritual que insinuaba la naturaleza y marcaban las personas.

El carbón siempre había estado debajo de aquel mundo, aunque a nadie le importase, pero una mañana alguien le dio un valor: ofreció unas monedas por un par de paladas y luego más por un cesto lleno – el primero - . Poco después sólo quedó el orbayu, pero el silencio se perdió entre el ruido machacón de las fraguas, el entrechocar de las vagonetas y los desmesurados suspiros de las máquinas de vapor y sobre el verde, fueron naciendo pequeñas manchas negras que crecieron deprisa hasta oscurecerlo todo.

Y ese mundo nuevo de trabajo y esfuerzo, de polvo negro y enfermedad, pero también de compañerismo y lucha, donde incluso hubo tiempo para gestar una revolución, fue el mundo de los castilletes. Cualquiera de estos armazones puede contar sus propias historias de alegría y de sufrimiento, porque el movimiento de su rueda hizo girar el destino de quienes la precisaban cada día para descender a un mundo oscuro, mucho más escondido que las raíces de los árboles, tan negro y tan lejos que ni los animales que vivían en el mismo suelo, bajo los prados, sabían nada de él.

Luego todo fue demasiado rápido, apenas cinco o seis generaciones, y los cíclopes de hierro que se habían levantado más altos que las espadañas de las capillas y las copas de los tejos para hacer girar sus poleas gigantescas, empezaron a enmudecer sin darse cuenta de que, cuando el último minero se fuese, sólo iban a quedar ellos, pudriéndose como un anacronismo nacido sobre la tierra inmaculada o, al contrario, admirados con el respeto que se debe al testimonio material de una época que aquellos que nos sucedan tienen derecho a conocer. De nosotros depende”.

Ernesto, a través de una delicada descripción de los castilletes mineros, símbolo de identidad del paisaje de la cuenca minera que le vio nacer,  invita al lector a acercarse a estos elementos, joyas de nuestro patrimonio industrial.

Pozo San José en Turón. Fotografía de José Luis Soto.

Para saber más sobre los castilletes de las cuencas mineras, es de obligada lectura "Castilletes y torres de extracción del concejo de Mieres. Hitos de la industria minera", en Preservación de la Arquitectura Industrial en Iberoamérica y España. Cuadernos del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, Sevilla, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía -Ed. Comares, 2001, pp. 231 -232, de la historiadora María Fernanda Fernández Gutiérrez y Miguel Ángel Álvarez Areces además de algunas de las muchas publicaciones del también historiador Faustino Suárez Antuña.

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