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"Al ocle: cosechando en los pedreros de la costa de Cabo Peñes" (II)

Sábado, 9 de Septiembre de 2017 "Al ocle: cosechando en los pedreros de la costa de Cabo Peñes" (II)

El ocle, tradicionalmente, había tenido uso como elemento de abono para las tierras vinculado con los ciclos agrícolas de la casería y los "arribazones" de finales de verano. Sin embargo, en el siglo XX esto cambió hacia la recolección con destino comercial y la extracción selectiva. Su uso en diversas industrias (farmacológica, cosmética, textil, etc.) desarrolló una carrera por la recogida al por mayor. El ocle se convirtió en una forma de vida durante unos cuantos meses al año que, progresivamente, fue profesionalizándose hasta permitir la estabilidad económica de muchas familias de la costa asturiana

A partir de mediados del siglo XX, comenzó la recogida selectiva del ocle. La fase que corresponde con su uso como elemento de abono para las tierras de labor, tuvimos oportunidad de conocerla anteriormente.Es en este momento, cuando se produce un giro en el ocle como producto volcado hacia la recolección con destino industrial. Este cambio de destino productivo se debe al hallazgo de unas propiedades muy especiales que proceden de uno de sus componentes: agar. El agar es un espesante, estabilizador y gelificante que tiene muchas aplicaciones en diversas industrias (alimentaria, farmacológica, cosméticas, agrícola, textil, etc.). Tras la segunda guerra mundial y partir de la instauración de la dictadura franquista, comenzó un incremento de instalaciones industriales vinculadas a esta actividad productiva en toda España. Entre otras, estaban las nuevas fábricas de alimentos prefabricados que precisaban de este espesante que se extraía, tras varios procesos químicos, de un tipo de alga muy abundante en el litoral cantábrico: el G. Gelidium

Vista superior del artilugio para izado del ocle desde los pedreros, en su estado actual. En Gozón se conservan, al menos, tres localizaciones con restos de "güinches" a motor de la segunda mitad del siglo XX. Este corresponde al de la Punta del Cabo La Riba.  

 
Desde 1951, la recogida del ocle cambia de dos formas: se hace selectiva e intensiva. En primer lugar se hace selectiva, es decir, se opta por dar importancia al gelidum sobre el resto de algas (que se dejan para el abono exclusivamente y de manera más residual) y, en segundo lugar, se hace intensiva porque la extracción se orienta a recoger todo lo que se pueda, es decir, no parando cuando se habían cubierto todas las necesidades de la casería. La especialización e intensidad de su explotación obligó a introducir nuevos órdenes dentro de la actividad como fue la selección del alga despues de la extracción y, posteriormente el secado de la cosecha seleccionada. Secar el gelidum era más beneficioso puesto que podía cobrarse hasta cinco veces más por el ocle seleccionado y seco. Tanta y tan grande especialización hubo que el ocle se identificó directamente con el alga gélidum a partir de esta fecha (mediados del siglo XX).
A escala patrimonial, se desarrolló una serie de precarias infraestructuras ligada a la nueva activadad intensiva. La necesidad de mayor extracción provocó el desarrollo de una materialidad. La prueba constructiva más evidente fue la construcción de gruas, cables y líneas que unían los pedreos de dificil acceso, donde se acumulaba más cantidad de ocle, con la parte superior de los acantilados. Aun en la actualidad, pueden verse estos ingenios, conocidos como "güinches" o cables, que jalonan la costa oriental de Peñes en las parroquias gozoniegas de Bocines, Bañugues y Viodo. Son quizá la prueba material conservada más evidente de esta actividad, antes de la profesionalización y, sobre todo, de la recogida de la cosecha bajo el mar con inmersión. 
 
Artilugio para el izado del ocle desde los pedreros. Conocidos como güinches o cables, aun se conservan algunos ejemplos en la costa oriental de Cabo Peñas como este situado en la Punta del Cabo La Riba, al sureste de L´Aramar. Imagen: Nicolás Alonso.
 
Finalmente, el ocle era secado en los prados para su puesta a la venta a los mayoristas. Aunque esto era habitual en las parroquias rurales, se realizaba también es espacios urbanizados. Es muy significativa la imagen de la villa de Luanco con gran parte de sus calles cubiertas por el ocle hasta los años ochenta del siglo XX. La pujanza del turismo chocaba con la llamativa imagen de finales del verano con las calles cubiertas de un manto rojizo y un olor muy característico.  Mención importante hay que hacer a la obra de Agustín Menéndez Artime, -Agustín "Guache"- que, a través de la cronica de su trabajo fotográfico, inmortalizó el Luanco de mediados de siglo XX, entro otras aspectos, la cosecha y secado del ocle. Las zonas ocupadas actualmente por la actividad turística y por el tráfico rodado, eran hasta hace pocos años cubiertas por un manto de algas, organizado por los propietarios de los montones que "acutaban" las zonas de manera ordenada. Un comportamiento de orden privado que ocupaba un espacio público o, más bien, una mezcla de organización comunal de aprovechamiento individual muy especializada. Los que tienen cierta edad, recuerdan fácilmente la imagen de Luanco cubierta por un manto encarnado, el olor del ocle en las calles y el trasiego para salvaguardarlo, durante las lluvias inesperadas, que impedía que se humedeciera nuevamente, perdiendo así valor.
 
Mujeres secando el ocle en la calle Ramón Vega de Luanco, en la década de los cincuenta del siglo XX. Imagen: Agustín Menéndez Artime "Guache".
 
La recogida del ocle pasó de ser una actividad puntual de caracter secundario a desarrollar una importancia económica fundamental que complementaba los ingresos de las familias en los meses invernales. En la actualidad, esta industria tiene un gran valor añadido que sigue creciendo: se ha regulado y profesionalizado con la extracción por inmersión, pero también continúa su recolección desde las playas con maquinaria pesada en otoño e invierno. Históricamente, el ocle ha sido un maná inesperado. Un oro encarnado que sirvió para fortalecer la tierra y, posteriomente, las caserias.  Los escasos "güinches", cables y artilugios de tiro en los acantilados son un patrimonio olvidado que merece ser recuperado. Ir al ocle es una historia muy antigua que todavía está por contar.

 

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